La incultura empresarial.

Las empresas, siempre lo he pensado, son como nosotros, las personas. No solo atravesamos ciclos similares -nacimiento, crecimiento, madurez- sino que cada una de ellas es única en sus aspectos internos y, también, en lo que proyecta hacia el entorno.

 

Así como cada uno de nosotros tenemos una personalidad, unos valores -mejores o peores- y una forma de entender la vida, lo que condiciona nuestras acciones y relaciones, de forma similar las empresas también tienen (conscientemente o no) estos mismos atributos. Pero hay un detalle importante. A diferencia de las personas, donde el conjunto de sus valores y creencias solo le pertenecen a ella, en las empresas esta cultura se disemina, con mayor o menor profundidad, tanto en su estructura interna como en el mercado.

 

Para bien o para mal, la cultura empresarial es la que hace a una organización ser como es y actuar como actúa. El problema surge cuando esta supuesta cultura no está clara e identificada por los que están al mando de todo y, lo que es peor, ante esta indefinición, la empresa actuará de maneras diferentes según el criterio de quien le toque en cada ocasión.

 

Según mi punto de vista, que no tiene por qué ser el más acertado, existen al menos dos tipos de organizaciones, según su posición respecto al concepto de cultura.

 

  • Están las empresas que poseen un armazón cultural sólido, asumido por todos y que les representa y diferencia en el mercado.

 

  • Y luego están, me temo que son mayoritarias, las que carecen de ese pegamento fundamental que cohesiona a todos los que forman parte de ellas. Se podría decir que es la cultura de la incultura.

 

Claro que, en este segundo grupo, nadie confesaría que carecen de valores o de principios. Todo lo contrario, cada persona a la que le preguntes te diría unos, lo que equivale a la ausencia de estos.

 

El problema es que se minimiza la cuestión de la cultura empresarial, cuando es la raíz de la que nace todo lo que se hace y cómo se hace en el negocio. Como señalé antes, una persona no puede esconder su forma de ser o de pensar -al menos no todo el tiempo- y eso condiciona todo lo que hace, dice y piensa. Lo mismo vale para las empresas.

 


 

La mejor manera de entender la relevancia y el impacto de la cultura empresarial no es quizás enumerando sus virtudes, sino al contrario, los efectos negativos que provoca su ausencia.

 

Así, una organización cuya cultura se desconoce (lo que equivale a decir que no la tiene) se traduce en…

 

Falta de coherencia estratégica. Si no sabemos lo que somos, iremos cambiando la orientación del negocio según los impulsos de cada momento.

 

Ausencia de espíritu de pertenencia. Si la cultura une a las personas con objetivos compartidos, su carencia hace que cada uno busque sus propios fines.

 

Empresas indiferenciadas en el mercado, sin personalidad, sin «alma».

 

Confusión de mensajes al mercado. Si no existe nada común, la audiencia no percibirá una marca consistente. En realidad, es como si cada vez que se conecta con el consumidor fuese una marca diferente.

 

No existen estímulos para que las personas deseen mejorar. Si no hay detrás una cultura fuerte que empuje a superar retos, es difícil tener motivación para hacerlo.

 

 

La suma de todos estos efectos y otros muchos que seguro produce la incultura empresarial se traduce en organizaciones débiles, sin capacidad de crecer y de innovar, expuestas a la fuga de sus mejores profesionales y abocadas, tarde o temprano, a su desaparición.

 

Como sucede con las personas incultas, que suelen ser volubles, manipulables e impredecibles en su comportamiento, una empresa sin cultura es también un peligro. Para sí misma y para sus clientes.

 

Quizás los únicos que se alegrarían de su existencia serían sus competidores. Al fin y al cabo, una empresa que va como pollo sin cabeza por el mercado es la que mejor puede hacerles un gran trabajo de marketing -gratis, además- y mejorar su imagen.

 

La cultura en la empresa es un preciado bien que todos tenemos que cuidar y mantener. Aunque muchas veces lo olvidamos, ahí radica lo que de verdad es la organización y lo que va a condicionar toda su vida.

 

Nadie debería renunciar a ello.

 

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