El tiempo que el marketing debe a las personas.

Hubo un tiempo en el que casi todas las cosas que hacíamos requerían muchas horas, incluso días. Si eres lo suficientemente mayor, te acordarás cuando llegabas del colegio y en tu casa olía a ese guiso que tanto te gustaba. Probablemente, para que estuviese listo para comer, haya estado varias horas al fuego, y también alguien a su cuidado.

Eran otros tiempos, sí. Se tardaba más en hacer los trabajos del colegio (esas enciclopedias de consulta eran el Google de la época), en comprarte unos pantalones o en desplazarte a tu lugar de vacaciones. No solo eso, dedicábamos tiempo a las relaciones personales, a nuestras inquietudes, a degustar los momentos despacio, sin prisa.

Hoy todo eso parece muy lejano.

 

El tiempo ha pasado de ser un aliado para hacer mejor las cosas, a ser un enemigo que nos roba horas a nuestras vidas, alimentando la ansiedad.

 

La tecnología, que tantos avances y beneficios nos ha proporcionado, ha producido un inesperado y perverso efecto colateral, creándonos la falsa necesidad de que todo hay que hacerlo rápido, producirlo sin pausa y consumirlo cuanto antes. La lentitud es considerada una debilidad, tanto si eres una marca como un consumidor. Hay que estar siempre «a la última» o te quedarás rezagado, con lo que eso conlleva.

Paradójicamente, esa lucha por la rapidez no nos ha dejado más tiempo libre para hacer otras cosas con más dedicación y tranquilidad. Al contrario, seguimos en la rueda de la inmediatez, automatizando todo, incluso aquello que no debería automatizarse, para no poder disfrutar de un tiempo real que no esté cronometrado.

 


 

No es de extrañar que hoy el tiempo se haya convertido en un elemento valioso, apreciado y buscado por algunas marcas y creo que por la mayoría de nosotros.

El marketing también ha sucumbido a la dictadura de la rapidez. Obsesionarse con los embudos de ventas más veloces y económicos, como parece ser la tendencia, solo crea «sistemas de alcantarillado» más eficientes para entregar contenido sin valor y generar métricas equivocadas.

Las marcas buscan el anuncio que convierta más rápido, la campaña más barata o el sistema más eficiente de atención al cliente a través de bots. El resultado suele ser un mensaje genérico, una molesta interrupción o un servicio que se percibe vacío, sin alma.

Poco a poco, por ahorrar tiempo, han ido convirtiendo los clientes en datos, en métricas, desvistiéndolos de lo más importante: su humanidad.

Lo peor es que muchas personas aceptan esta dinámica como «normal», algo inherente a los tiempos digitales en los que vivimos. Esto no hace más que seguir alimentando la máquina trituradora del tiempo.

Pero no todo es negativo. Por fortuna, se atisba cada vez con más claridad un movimiento que busca recuperar el valor del tiempo.

 

Las marcas empiezan a apreciar lo que significa invertir tiempo en un diseño cuidado, un mensaje personal, un detalle o un servicio atento. Les están diciendo al cliente «Eres lo suficientemente importante como para que me detenga a pensar en ti».

 

Por qué dedicar tiempo a tu estrategia de marketing.

Algo tan valioso como el tiempo, y tan escaso, no se puede invertir en cualquier cosa. Hacerlo en construir una estrategia de marketing que logre que los clientes se sientan atendidos y acompañados es demostrarles respeto. Y una buena inversión.

Esa es una de las diferencias que hay entre el marketing que aplican unas marcas frente a otras. Mientras que la mayoría contempla el marketing como una mera transacción (que no dudo que esté implícita), otros apuestan por un marketing relacional. Esto significa que se persigue una relación a largo plazo.

Las personas valoramos este segundo enfoque porque nos hace sentir acompañados, no solo utilizados. El valor aquí se mide en ese tiempo que decidimos dedicarnos los unos a los otros.

 

El marketing rápido y barato ahorra dinero a las empresas, pero también le roba tiempo al cliente.

 

Le obliga, por ejemplo, a filtrar contenido irrelevante para él y a pelearse con experiencias de usuario mediocres. Lo que dejas de invertir en estrategias de marketing adecuadas, con tiempo suficiente, lo acabas pagando en pérdida de confianza en tu marca y en una rotación continua de clientes.

La lealtad, que se basa en la confianza mutua empresa-cliente, necesita una relación genuina. Y para crearla necesitamos tiempo.

 

🔸 Lleva tiempo hablar con las personas.

🔸 Se necesita tiempo dedicado a tratar con los clientes como humanos y no como otro número más.

🔸 Hace falta tiempo para analizar y preocuparse por las necesidades de los clientes, por saber qué cambio están buscando.

 

Muchas veces es preferible sacrificar las ganancias de acciones rápidas o automatizadas para ir construyendo la confianza con el cliente.

Las marcas que no entiendan esto y basen toda su estrategia en la IA o en los medios digitales acabarán siendo irrelevantes para su audiencia, amenazados constantemente por otros competidores más baratos y eficientes.

 

El marketing rápido busca una transacción: una venta única, un clic fugaz, una métrica de vanidad.

El marketing estratégico busca una relación: una conexión y una lealtad a largo plazo. Una marca que perdure.

 


 

El tiempo como ventaja competitiva.

En un mercado donde todo son soluciones rápidas y la atención es cada vez menor, la mayor ventaja competitiva puede ser, sencillamente, ir más despacio.

No tengas miedo de dedicarle tiempo a tu marketing, No solo estás construyendo mejor tu marca; estás, sobre todo, ofreciendo a tus clientes algo muy valioso; su tiempo.

Buscar una relación más estrecha y cercana con tus clientes es también invertir tiempo dedicado a desarrollar sus ganancias futuras.

 

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