Cuando un producto no se vende como esperabas, resulta fácil culpar a otros.
A veces los responsables son los competidores, con sus malas artes y bajos precios. Otras el canal de distribución, que nunca se preocupa por tu marca, o los malvados algoritmos que siempre penalizan a los mismos. Todos pueden ser los culpables, incluso tus posibles clientes, por no apreciar tu excelente y competitiva oferta. Todos lo son menos tú.
Hoy he recordado todo esto cuando un buen amigo que hoy se dedica a la escritura y publicación de libros me contaba, hace ya un tiempo, sus circunstancias comerciales, no muy buenas por cierto.
El sector editorial, con sus particularidades, también se rige por las normas que operan en cualquier otro mercado de bienes y servicios. Y, por supuesto, también lo hace el marketing. En esto creo que mi amigo no estaba tan de acuerdo conmigo, aunque sea una realidad objetiva.
Solo cuando haces el esfuerzo por entender cómo funciona el mercado: los clientes, las marcas, los canales o la distribución, es cuando te das cuenta de que el enemigo no está fuera, sino en ti mismo.
Y también cuando te convences de que el marketing bien ejecutado es tal vez uno de los mejores aliados para sacar a la luz lo mejor de tu proyecto.









